martes, 28 de febrero de 2017

EL FIBRÓN


CUENTO DE BÁSQUET

Si el 26 de junio del 2011, River Plate no perdía la categoría en el fútbol argentino, es probable que esta historia hubiera trascendido a nivel nacional.

No era un domingo más. La final del campeonato de básquet de la ciudad, se definía de manera especial: un sólo partido  en cancha neutral y no una serie playoffs al mejor de tres encuentros como sucedía todos los años. Además la Asociación local, como incentivo, puso de premio diez mil pesos en efectivo para el ganador.

Dos equipos, dos finalistas, dos ideologías distintas. San Isidro era el bicampeón de la ciudad, la mayoría de sus jugadores eran nacidos en el club e iba en búsqueda de su primer tricampeonato en la historia. En el otro rincón estaba Los Andes, un club renovado, que con gran apoyo municipal y empresas privadas, había traído seis incorporaciones de renombre para poder ganar el certamen y clasificar a la Liga Nacional. La final tenía todos los condimentos.

Se eligió el estadio de Estudiantes, con capacidad para cinco mil personas, buscando que ambas hinchadas, más el público amante de este deporte, colmaran las gradas y fuera una verdadera fiesta.

El fuerte de San Isidro, el actual campeón, era la defensa.  Su contrincante Los Andes, con sus nuevas incorporaciones, estaba lleno de goleadores y ya en el primer cuarto de la final lo hizo notar, convirtiendo siete triples. El parcial terminaría 30 a 16 a favor de Los Andes, que mostraba su supremacía.

Nada cambiaría en el período siguiente. Al contrario, era un monólogo. San Isidro estaba contra las cuerdas y todo se encaminaba a un resultado con amplio margen. Los Andes se iba al entretiempo ganando claramente por 53 a 25. Veintiocho puntos de diferencia, a falta de veinte minutos por jugar. Festejos casi desmedidos en un costado. En la otra tribuna, silencio de velorio. Aquí empezaría la otra historia, la que pocos conocen.

En el pasillo que desemboca en los vestuarios, el presidente de la Asociación de Básquetbol, Claudio, estaba al mando de la organización y trataba de que todo estuviera perfecto para la hora de la premiación, una vez finalizado el encuentro. Los diez mil pesos se habían convertido en un verdadero atractivo y  para darle más color y profesionalismo a la final, se compró el famoso cheque gigante para las fotos que luego saldrían en los diarios locales.

Claudio y los dirigentes de la Asociación, tenían todo preparado, salvo un detalle no menor: No se dieron cuenta de llevar un fibrón para llenar el cheque con la suma a entregar y el nombre del equipo campeón, el cual se haría acreedor de la suma.

Faltaban dos cuartos aún, pero el partido parecía sentenciado. En ese pasillo, Claudio se cruzó con Fernando, el capitán de San Isidro y protagonista  del encuentro. Fernando, además de jugar en el club que lo vio nacer, era parte del seleccionado local, es por esto que había mucha confianza y hasta una amistad con el presidente.

–Fernando, perdón que te moleste: ¿ustedes me prestarían el fibrón un momento?- preguntó el presidente, haciendo referencia al marcador negro donde el entrenador dibuja las jugadas en la pizarra.

-¿El fibrón? ¿Para qué lo que querés?

-Necesitamos llenar el cheque para el acto de premiación. Es sólo un momento.

-¿Ahora lo querés llenar?- preguntó Fernando, que seguía sin comprender lo que quería hacer el presidente.

-Si Fer, lo vamos a llenar ahora. La final está sentenciada. Lo siento mucho, pero es así.

Hubo un silencio por parte de Fernando, seguramente contó hasta diez para calmarse y no cometer una locura, ya que siempre fue de carácter fuerte. Luego de unos segundos respondió:

-Faltan veinte minutos todavía y este partido lo vamos a ganar, ni se te ocurra llenar ese cheque de mierda- el capitán siguió camino hacia el vestuario siendo el último en entrar, cerrando la puerta con violencia.

Claudio le hizo caso a Fernando y no llenó el cheque con el nombre de Los Andes, el equipo que estaba ganando con comodidad. Esperaría hasta el final, aunque continuó buscando un fibrón para tener a mano.

Fernando entró al vestuario pero no les contó a sus compañeros sobre la conversación con el presidente. Fue hacia donde estaba el entrenador, le quitó la pizarra y el fibrón y los tiró al piso. Mirándolos a los ojos a sus compañeros les dijo:

- ¿Qué carajo les pasa? Estamos jugando una final. ¿No tienen ganas de salir campeones? - todo era silencio, sólo habló el capitán. Y continuó:

-Voy a salir a dejar todo para dar vuelta el resultado, espero que ustedes hagan lo mismo, aún hay tiempo, dejemos de boludear- abrió la puerta del vestuario y se fue rumbo a la cancha a tirar al aro, solo. Le habían mojado la oreja. Un minuto después salieron sus compañeros, que sintieron el golpe y las pocas palabras en caliente de su capitán.  

Comenzó el segundo tiempo. Sacó San Isidro. El Base le entregó la pelota a Fernando que sin dudar, tiró desde siete metros para convertir el primero de los tres triples consecutivos que anotaría en ese período. El capitán de a poco empezaba a contagiar a sus compañeros y moviendo sus brazos le pedía a la hinchada que se levantara, que aún había tiempo para remontar el partido.

Habíamos dicho que el fuerte de San Isidro, el actual campeón, era la defensa. Ese tercer cuarto fue una muestra de cómo se defiende en una final. Cada ataque de Los Andes terminó en tiros incómodos y ni siquiera cometió faltas que le costara tiros libres en contra. El rival sólo pudo convertir siete puntos en ese segmento, producto de un triple y dos dobles sobre la chicharra de veinticuatro segundos.

En ataque Fernando, que en todo el primer tiempo había hecho sólo cuatro tantos, se despachó con cinco triples, más un doble, totalizando diecisiete puntos de los veinticinco que hizo su equipo para poner la historia 60-50. De estar veintiocho puntos abajo, San Isidro se ponía a diez, y con un último cuarto por jugarse.

De ahí en adelante fue otro partido. Se defendió más fuerte de lo que se había hecho en los treinta minutos anteriores. Los nervios también hicieron lo suyo y ambos rivales fallaron tiros insólitos.

El reloj corría y la brecha entre un equipo y otro era cada vez más corta. El estadio era una caldera, todos cantaban, todos gritaban, cada uno jugaba su partido. Fernando convirtió otro triple clave para poner a su equipo a seis de Los Andes (71 a 65).

Tras ver que sus jugadores no reaccionaban, el entrenador de Los Andes pidió tiempo muerto, faltando menos de tres minutos para el final.  Más allá del resultado favorable que todavía tenían, el ánimo no era el mismo del primer tiempo. Había malestar en el grupo, algunos lanzamientos apresurados que generaron discusiones internas.  Cada uno estaba buscando su tiro, su gloria personal, sin pensar en lo que significaba para la institución salir campeón.

Como no podía ser de otra manera, el partido se definiría en el último minuto y con mucho dramatismo. San Isidro igualó el marcador a falta de cincuenta segundos con un doble del Pívot (73-73).

Los Andes intentó cuidar la pelota en el siguiente ataque. La idea era simple: consumir la mayor cantidad de tiempo posible y que alguno de los goleadores anotará un triple para luego defender y asegurar el triunfo.

Sin embargo, cuando Los Andes se dispuso a lanzar, luego de haber cuidado la bola casi los veinticuatro segundos de posesión, Fernando, el héroe de la noche, robó la pelota sin hacer falta y corrió hacia el aro rival.

El reloj ahora indicaba menos de treinta segundos para terminar el partido. El tablero seguía marcando la igualdad en 73. Todos los hinchas estaban de pie, algunos, de tantos nervios, no querían mirar el desenlace.

Fernando tenía la pelota, se la entregó al Base para que comandara el ataque.  Si San Isidro consumía los veinticuatro segundos, aún le iba a quedar tiempo a Los Andes para un último intento. Por ende había que ser preciso y certero con la decisión.

El Base dejó pasar el mayor tiempo posible y a la hora de elegir a un receptor de su pase, no dudó. La pelota volvió para Fernando, el goleador del partido, que se metió en el área y exponiendo todo su carácter, atacó a la defensa rival, encestó el doble y además sacó una falta, quedando seis segundos para el final. El público no podía creer lo que estaba viendo. De manera increíble, San Isidro se ponía arriba en el marcador por primera vez en la noche (75-73).

Sin embargo, la tensión no terminaría. Fernando, que llevaba treinta y cinco puntos en la noche, demostró que es humano y falló el tiro libre adicional, y el rebote lo atrapó Los Andes, que tendría la última posibilidad del partido. En caso de encestar un doble, habría alargue.  Con un triple, conseguía el campeonato.

El conductor de Los Andes corrió a toda velocidad, pasó la mitad de la cancha y si bien tenía la posibilidad de pasarle la pelota a alguno de sus compañeros, no había tiempo para pensar. Se tuvo fe y lanzó al aro apresurado, pero en buena posición, con el sonido de la chicharra de fondo.

Los corazones se paralizaron en esas décimas de segundos donde la bola viajó por el aire hacia el tablero. Para desgracia de todo Los Andes, el lanzamiento dio con fuerza en el aro y salió.

San Isidro se consagró campeón por tercera vez consecutiva, tras ir perdiendo por una diferencia que parecía indescontable. La emoción fue tremenda. Los hinchas saltaron los carteles de publicidad y se metieron a la cancha a abrazar a sus jugadores. Los dirigentes lloraban de felicidad por un nuevo título. Todos gritaban, todos cantaban el clásico “Dale campeón, dale campeón”  tras ganar la final más difícil y agónica de la ciudad. Todos menos uno.

Fernando, la figura indiscutida del partido, antes de ir a festejar y cortar las redes, fue hacia el banco de suplentes. Agarró el fibrón que había quedado  en el piso junto con la pizarra del entrenador, y se lo llevó al presidente que estaba en un rincón preparando todo para la premiación.

Fernando se acercó, le dio un fuerte abrazo a Claudio y al oído le susurró:

-Acá tenés el fibrón, ahora sí podés llenar el cheque...


Hugo Videla
Twitter: @Hugovidela1

No hay comentarios:

Publicar un comentario