NOTICIAS BIZARRAS: ¿VIVIMOS EN UNA REALIDAD PARALELA?

 
Por Fernando Barroso

NOTICIAS BIZARRAS - HUMOR GRÁFICO EN TIEMPOS DIFÍCILES

A la redacción de Noticias Bizarras nos llega una carta de un lector sobre si es cierto o no de que vivimos en una realidad paralela o, en su defecto, en una simulación constante. La compartimos con todos ustedes: 

Empecé a sospechar que vivíamos en una simulación el día que perdí las llaves y las encontré, horas después, en el freezer de casa. No tengo recuerdos de haberlas puesto ahí. Tampoco razones. Ni antecedentes. Pero estaban, quietitas, al lado de las cubeteras y detrás de las patys.

Ese mismo día, el ascensor del edificio donde vivo, en San Corchito del Este, se detuvo abruptamente entre pisos y una voz baja y lejana anunció:

—Disculpe las molestias ocasionadas.

Eso fue todo. No explicó nada más. Me dejó ahí, atrapado, sin señal en el celular y con un poco de miedo. Empecé a gritar, pero nadie me escuchó.

Después de varios minutos, el ascensor volvió a activarse. Llegué a planta baja y noté algo inquietante: demasiada normalidad. Nadie había oído mis gritos. Nadie parecía sorprendido. El único que me habló fue mi vecino del quinto A, Juan, que me miró fijo deslizó:

—Che, anda medio lento el programa hoy.

—¿Qué programa? —le pregunté.

—El de siempre, Hugo —respondió, y se fue silbando una canción que no alcancé a descifrar.

Salí a la calle y empecé a prestar atención a los detalles de la vida cotidiana: gente que decía “¡no sabés!” y no seguía la frase; perros que ladraban a la nada; una señora en el colectivo que pasó la SUBE cinco veces seguidas, como si estuviera guardando un documento de Word que no quería perder. Todo muy raro.

El colmo ocurrió en el kiosco de la esquina. En una cartulina naranja, con letras azules hechas a mano, decía:

“OFERTA — REALIDAD 2x1”.

Compré dos, por las dudas. No sobran las ofertas en este país.

Al volver a casa subí por las escaleras, por miedo a que el ascensor volviera a fallar, e intenté ordenar en mi cabeza lo que me estaba pasando. Me paré frente al espejo de mi habitación y me dije:

—Esto no es real.

El espejo tardó medio segundo en devolver la imagen. Medio segundo. Lo suficiente para confirmar que estaba en una realidad alterna… o que me estaba volviendo loco, que es una versión menos glamorosa de lo mismo.

Decidí hablar con alguien serio, así que fui a mi psicólogo de confianza. Le conté todo: las llaves en el freezer, el ascensor, la oferta de realidad, el espejo.

—¿Cómo ha sido la relación con tus padres? —preguntó, como todo psicólogo.

No sé qué obsesión tienen con nuestros padres. Le pedí que no se fuera por las ramas y que me diera su punto de vista sobre lo que me sucedía.

—Puede ser una simulación de la vida… o puede ser ansiedad —dijo, mientras hacía anotaciones en una libreta negra.

—¿Y cómo distingo una de la otra? —le pregunté.

—Y… si es ansiedad, vamos a tener que agregar una sesión más por semana —respondió con absoluta seriedad.

Me fui y no volví nunca más.

Esa noche me dormí profundamente y soñé que estaba en una especie de Rapipago haciendo una fila interminable para mejorar mi vida. Adelante mío, un tipo discutía porque había nacido un martes 13 y nadie lo ayudaba. Atrás, una mujer iba a pedir reiniciar su vida desde los veinte “pero sin el ex” porque nunca lo entendió. Y mucho más atrás, una adolescente estaba furiosa porque se había quedado sin Wi-Fi mientras veía un tutorial sobre cómo hacer empanadas salteñas en YouTube.

Me desperté agitado y cansado. Ya no me quedaban muchas opciones, así que le pregunté a Google, desde mi celular, qué me podía estar pasando según los síntomas descritos. “Cáncer de realidad” fue el primer resultado.

Me di por vencido. Realmente no sé qué me sucedió. O nos sucedió. Capaz es cierto y vivimos en una simulación constante y consciente. Tal vez esto es una versión BETA: una especie de prueba gratuita, con errores menores y finales abiertos.

Pero mientras tanto, hay que levantarse todos los días, rogar que no se trabe el ascensor, ir a trabajar, perder las llaves, escuchar a boludos que dicen “no sabés” y no cierran la frase, cargar la SUBE, ir al psicólogo, preguntarle cosas a Google, enojarnos porque no tenemos Wi-Fi y finalmente enamorarnos, de vez en cuando, de gente que no figura en nuestro manual.


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