SEÑORES, YO DEJO TODO

 


CUENTOS DE FÚTBOL

Dicen que el periodismo deportivo en la Zona Este de Mendoza nunca volvió a ser el mismo desde que Jorgito decidió colgar la cámara, el cuaderno y la lapicera. Fue un golpe duro e impensado para toda la comunidad. Y no fue por un escándalo, ni siquiera porque le faltara talento. Nada de eso. Jorgito abandonó la profesión porque algo mucho más grande que la fama y el prestigio lo llamó: su amor por los colores.

Desde chico, Jorgito ya era un tipo especial. Mientras otros pibes jugaban a la pelota en las plazas o soñaban con ser los próximos cracks del fútbol, él andaba con una libreta bajo el brazo anotando estadísticas, analizando formaciones y debatiendo sobre las reglas de cada deporte que le pasara por delante. El básquet, el hockey, hasta el atletismo. No había disciplina que se le escapara. Pero el fútbol era su gran amor, y dentro de ese universo gigante, su corazón siempre latió por un solo equipo.

A lo largo de los años, Jorgito se había ganado el respeto de todos los clubes. Era el tipo de periodista que caía bien donde fuera, porque no llevaba agendas ocultas ni intenciones de figurar. Lo suyo era pasión pura, y por eso los jugadores, los técnicos, hasta los hinchas rivales lo respetaban. Sabía tanto de fútbol que, cuando te hablaba del reglamento o te comentaba una jugada polémica, no había forma de discutirle. «Si lo dice Jorgito, así debe ser», aseguraban todos.

Pero lo que pocos sabían era que detrás de ese periodista tan querido, había una lucha interna. Aunque disfrutaba de estar cerca del campo de juego, con los mejores asientos y el acceso a los jugadores para dialogar y hacer entrevistas, sentía que algo le faltaba. No podía gritar los goles de su querido club con la garganta desatada, como lo hacía la hinchada. No podía saltar entre la multitud ni abrazarse con los desconocidos que, durante los noventa minutos, se convierten en hermanos de la misma sangre.

La decisión no fue fácil. Pero un día, entre mates y raspaditas, Jorgito lo tuvo claro. No iba a ser periodista toda la vida. No iba a cubrir el fútbol desde el palco de prensa como un espectador de lujo. No. Él quería ser uno más en la tribuna, saltando y cantando como cualquier otro hincha. Quería sentir la adrenalina sin cámaras, sin grabadoras, sin entradas de privilegio que lo hicieran sentir diferente.

Así fue como, de un día para el otro, Jorgito dejó de lado su carrera, esa que le había dado tantas satisfacciones y que lo convertía en un referente. Colgó el carnet de periodista y se sacó un pasaje directo a la popular del Albirrojo. Y lo hizo de una forma que dejó a todos con la boca abierta, ya que podría haber entrado gratis a cada partido hasta el fin de sus días, con su nombre reconocido y admirado. Pero no. Decidió pagar su cuota de socio y su entrada como cualquier hincha de bien. Como si nunca hubiera sido una de las piezas más importantes del periodismo local.

Desde entonces, Jorgito es uno más en la hinchada Chacarera. Lo ven llegar temprano, con su camiseta impecable, la bufanda al cuello en invierno y una sonrisa que le ocupa toda la cara.

Con los años, la tribuna se volvió su nuevo hogar y la familia Albirroja lo adoptó con los brazos abiertos. Porque a los hinchas de hierro como él, esos que eligen el club por encima de todo, se los recibe siempre con cariño y admiración.

Los domingos ya no son días de trabajo para Jorgito: son días de fiesta. No importa si el equipo anda bien o mal, él está ahí, cantando, saltando, y dejando la voz en cada grito. «Señores, yo dejo todo… me voy a ver al Chaca… ».






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