LA NUEVA ESTEFI

 


CUENTOS DE FÚTBOL 

La siesta mendocina suele ser el mejor momento del día para jugar al fútbol en la infancia. Decenas de chicos, en los barrios, en los potreros, en las veredas o plazas, corren transpirados en búsqueda de la pelota y solo frenan cada tanto para buscar un sorbo de agua. Sin embargo, ese contexto, esas escenas, hasta no hace mucho eran propiedad exclusiva de los varones. Y cada tanto, al que sobresalía lo llamaban El nuevo Maradona o, más cercano en el tiempo, El nuevo Messi.

Estefi se moría de ganas de estar allí. En el medio del calor, del barro, de los gritos, de las patadas o los empujones. Con su melena atada en una cola de caballo y con las rodillas raspadas de tantas caídas. Pero no le quedaba otra que mirar desde lejos.

A Estefi, como a los genios que conocen su vocación desde temprano, se le presentó una pasión inigualable por el fútbol, que iba más allá de lo convencional. Pero prácticamente era un amor prohibido, porque las chicas no podían jugar al fútbol. No era su jurisdicción.

Sin embargo, el talento es como el sol y no hay forma de ocultarlo. Mientras otros chicos aprendían a dominar el balón con esfuerzo, y en su casa el vóley era el deporte predilecto, a Estefi parecía salirle de forma natural jugar al fútbol. Gambeta corta, piques veloces, el balón pegado al pie como si fuera una extensión de su cuerpo. Su juego era una combinación de destreza y magia, algo que hasta los más grandes en los recreos de la escuela o en las clases de Educación Física reconocían con una sonrisa de admiración.

No la tuvo fácil. Incluso sus padres, Don Tito y Doña Elizabeth, intentaron persuadirla de que siguiera el camino de sus hermanos en el vóley. Sin embargo, como bien retrata el Pato Fontanet en su canción Prohibido, «Lo reprimido cuando está cautivo, te pide salir». Y para Estefi no había nada más importante que empezar a competir y desplegar su talento.

Pero había otro tema,  ¿dónde podría jugar, si ni siquiera existían escuelas de fútbol femenino? Fueron sus padres quienes movieron cielo y tierra, a pesar de sus dudas iniciales, para ayudar a su hija a cumplir su sueño. La solución fue firmar un permiso especial —haciéndose cargo de lo que pudiera pasar— para que Estefi se sumara a un equipo masculino.

«Va a jugar con los varones», decían algunos con un dejo de sorpresa. Y claro, no era algo habitual. En su primer entrenamiento, los demás la miraban de reojo. Ella era más baja que la mayoría pero destacaba por su sonrisa tímida, que se transformaba en picardía apenas comenzaba el partido. Algunos compañeros no sabían bien cómo tratarla al principio. Después de todo, ¿cómo iban a comportarse con una chica en un mundo de varones?

Pero con el tiempo, Estefi se ganó su respeto. Es cierto que no fue sencillo convivir constantemente con hombres. Aunque, por suerte, le tocaron compañeros generosos, que la ayudaron y la cuidaron. Como había un solo vestuario, los chicos debían irse para darle su turno a Estefi y, cuando ella terminaba, se retiraba para que los varones se cambiaran sin pudor.

Curiosamente, lo que más la incomodaba no era competir con hombres, sino las barbaridades que venían desde la tribuna. Los sábados, cuando se jugaban los partidos de inferiores, los padres del equipo rival solían ser los más crueles con sus hijos, y también con ella. «¡Cómo te va a gambetear una mujer!», gritaban. «¡Agarrala, no te dejes ganar por una nena!».

Esos comentarios resonaban en la cancha y dolían más que cualquier patada. Pero Estefi, con la frente en alto, seguía con lo suyo. En lugar de achicarla, eso la volvió tan resistente como el hierro, trabajadora y humilde como una cementista, y aguerrida como una manada de pumas.

Con los años, su nombre comenzó a escucharse no solo en Mendoza, sino en toda Argentina. Estefi, la chica que jugaba con los varones, se convirtió en la bandera del fútbol femenino.

Pero eso no era suficiente para ella. Tenía todo para llevarse el mundo por delante y mostrar su talento en escenarios internacionales, incluso en mundiales. Miles de niñas querían ser como ella.

Y aunque muchos aseguraban que Estefi podría haber sido Reina Nacional de la Vendimia por su belleza, carisma e inteligencia, ella siempre lo tuvo claro: su corona estaba hecha de goles, asistencias y gambetas. Esta reina, amada por su pueblo, no desfila en un carrusel; corre detrás de una pelota, con las rodillas raspadas y con la misión de abrir el camino para todas las que buscan ser La nueva Estefi.




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