CUENTOS DE FÚTBOL
El Flaco Salas era un fenómeno. Un crack. Una mezcla de Batistuta, Ibrahimović y Romario. Promedio de más de dos goles por partido en las inferiores del Globo lasherino y con un futuro europeo y de Selección argentina.
Debutó en la Liga Mendocina con tan solo trece años y en su primer partido hizo un hat trick. Los cazatalentos posaron sus ojos en él y le ofrecieron el cielo para poder representarlo.
En la escuela era un rock star. Recién comenzaba la secundaria y ya las chicas de quinto año lo miraban con seducción. Es que, además de ser un goleador extraordinario, tenía una sonrisa y un carisma que conquistaba a todos por igual. Estaba destinado a ser un distinto.
A nadie extrañó cuando, a los quince, firmó contrato con el Atlético de Madrid y se mudó con su familia al Viejo Continente. “El nuevo Messi” alertaban los periodistas locales y también los internacionales. No era para menos, el Flaco Salas era descomunal en el área. Estaba en su hábitat natural. Se movía como pez en el agua y liquidaba a las porterías rivales con la precisión de un neurocirujano.
A los diecisiete, llegó el gran debut en la Primera del Colchonero. Hubo prensa argentina que viajó exclusivamente para cubrir ese partido. La expectativa era tremenda, ya que se había convertido en uno de los máximos goleadores de las divisiones formativas de aquella institución. Y como era de esperar, el Flaco Salas no desilusionó. Su equipo le ganó cuatro a uno al Villarreal y él se lució con un doblete y dos asistencias para una noche inolvidable.
El presidente del club, con lágrimas en los ojos, felicitó al Flaco por semejante debut e invitó a él, a su papá Carlos y a su mamá Carmen, a una cena íntima en su mansión, donde le prometió que, a partir de la próxima temporada, sería el jugador mejor pago del plantel y con una cláusula de rescisión de cien millones de euros en su contrato. No había dudas de que el fútbol internacional había descubierto a un delantero sin precedentes.
A pesar de toda esa exposición y ese carisma que el Flaco Salas tenía antes de cumplir la mayoría de edad, a él lo único que le importaba era el fútbol. Ganar y hacer goles. Odiaba a los medios y a los famosos amigos del campeón. Era solo un pibe, pero entendía a la perfección que no hay
nada más importante que ser uno mismo y que la felicidad está en las pequeñas cosas. Como por ejemplo, su botinero azul de la suerte.
Cuando debutó en la Liga Mendocina con el Globo, su papá le había comprado un botinero azul y ese día la rompió. Por ende, decidió que ese bolsito lo iba a acompañar hasta el fin de su carrera. Prácticamente era una cábala, una costumbre, diría Bilardo, que le venía funcionando a la perfección. Lo llevaba a todos lados. A los entrenamientos, a los partidos, a las citas casuales, incluso lo usó en esa cena con el presidente del Atlético. Era leal a ese botinero. Se sentaba y lo dejaba en el respaldar de la silla. Sin embargo, después de esa comida íntima con el presidente, algo extraño sucedió. La pólvora se le mojó. El arco se le cerró como nunca y el Flaco Salas entró en una crisis deportiva. Ni siquiera en los entrenamientos podía marcar. De tener un promedio altísimo y de que sus propios compañeros no podían frenarlo, cada remate que intentaba se iba desviado o lo atajaba el arquero o pegaba en alguno de los palos.
«¡Qué sal que tengo, la puta madre!», repetía una y mil veces. Esa temporada finalizó con catorce partidos jugados en la Primera del Aleti y solamente los dos goles del debut. De todas maneras, en el club entendían que era lógico ese bajón para un chico que estaba dando sus primeros pasos en una de las ligas más competitivas del mundo.
Al siguiente año, lo llamaron de la Sub-20 argentina y nuevamente el Flaco Salas y su botinero azul llegaron a tierras sudamericanas para la clasificación al Mundial de la división. El DT le dio la casaca 9 y la cinta de capitán, ya que era el único jugador del plantel con titularidad en Europa y todos estaban maravillados con sus movimientos en cancha.
Sin embargo, la mala racha no paraba. Finalizó el certamen sin goles y Argentina ni siquiera se clasificó al Mundial, en lo que fue un fracaso rotundo.
Volvió a España amargado. Ya con la mayoría de edad firmó el contrato que le había prometido el presidente y se comprometió a entrenar el doble. Llegaba primero a las prácticas y era el último en irse. No salía a ningún lado y se cuidaba en las comidas. El Flaco Salas estaba en una condición física inmejorable y entendía que ese tenía que ser su año para despegar.
De todas maneras, la maldición continuó. Jugó diez partidos de titular, falló tres penales y no marcó ningún tanto. El entrenador decidió mandarlo a la reserva para que recuperara la confianza y, principalmente, el gol.
Pero tampoco. Nada de nada. Sequía absoluta. Erró goles imposibles que ni un futbolista amateur hubiera fallado, lo que lo llevó a salir luego en el especial de fin de año de Fernando Lavecchia en TyC Sports.
El presidente, ni lerdo ni perezoso, decidió darlo a préstamo sin cargo y sin opción de compra al Racing de Ferrol, club de la segunda división de España por aquel entonces. La idea era sencilla: que nuevamente tomara confianza, que hiciera algunos tantos y que volviera a ser el Flaco Salas que todos conocían.
Su año en la B fue paupérrimo. Obtuvo la titularidad en todos los partidos, solamente porque los suplentes eran peores, y el humilde Racing bajó a la tercera categoría debido a los malos resultados. Todavía le quedaba un año de contrato con el Aleti pero ya la paciencia se había agotado. Si bien era respetado por sus compañeros, se estaba generando un clima tenso y algunos empezaban a tildarlo de mufa.
El Flaco Salas decidió, junto con su familia, visitar a una curandera de Madrid para ver si podían resolver este problema. Pero no hallaron nada extraño. La profesional en la materia le comunicó que él era una persona querida, que nadie le había hecho una brujería, que se quedara tranquilo, que ya se iba a sacar esa sal que traía.
Arrancó una nueva pretemporada con el plantel pero a los dos días, el entrenador le comunicó que no lo iba a tener en cuenta. Es así que el presidente, antes de rescindirle el contrato, probó un último intento con un préstamo en el fútbol argentino. Tal vez, en su tierra, podría recuperar esa chispa divina que había despertado el interés del mundo entero.
Llegó al Tomba, que ese año jugaba Copa Libertadores, pero después de un par de prácticas, el técnico también decidió cortarlo y terminó jugando once partidos en la reserva donde tampoco pudo convertir. “El asintomático del gol” comenzaron a tildarlo en las redes sociales.
Con veinte años recién cumplidos y una sequía de tres temporadas, quedó libre del Atlético de Madrid y recayó en el ascenso argentino. El presidente del club, ese mismo señor que lo había invitado a una cena íntima en su casa con sus padres, ni siquiera lo llamó para despedirlo pero declaró en la televisión española que «fue demasiada presión» la que había tenido el Flaco y que por eso no pudo triunfar.
Deportivo Merlo lo contrató con muy pocas expectativas y el DT, luego de obsesionarse con la película Papeles en el Viento, se le ocurrió poner al Flaco de defensor, ya que tenía buen porte y ganaba siempre de arriba. «Si no la puede embocar en el arco rival, al menos que cabecee y que despeje el peligro en nuestra área», pensó el entrenador.
Sin embargo, el remedio fue peor que la enfermedad. El Flaco anotó tres goles en contra en cuatro partidos. Después de estos groseros errores, y con algunas amenazas de la barrabrava, le rescindieron el contrato y volvió a Mendoza con el pase en su poder.
El Flaco Salas lloró como nunca lo había hecho. Decidió que en su Las Heras natal y con su familia, podía retomar los estudios y buscar una carrera universitaria. Entendía que el fútbol no era para él.
Una tarde cualquiera agarró su botinero azul, ese que lo había acompañado a todos lados, y se dirigió hacia la churrasquera, donde lo prendería fuego con todo lo que había dentro. Su mamá, Doña Carmen, al ver esa escena, lo frenó.
—¿Estás loco? ¿Cómo vas a quemar los botines y toda tu ropa?
—Ya está, vieja. No se me dio, estoy salado. No sé qué mierda me pasa, pero el fútbol terminó para mí.
—Yo lo único que quiero es que seas feliz, hijo. Si no es el fútbol, que sea otra cosa, pero al menos no quemes los botines. Regalalos. Pero quemarlos… creo que no está bueno.
—Sí, puede ser —respondió el Flaco Salas, quien le dio el botinero a su mamá y le pidió que se lo lavara, así luego lo donaría en el club que lo vio nacer.
Al otro día, cuando Doña Carmen quiso meter el botinero en el lavarropas, abrió el cierre principal y sacó todo lo que tenía dentro. Estaba el par de botines que el Flaco había utilizado en el último año, dos pares de medias, bandas elásticas y una remera de entrenamiento. Y en un bolsillo más pequeño, Doña Carmen sintió que había algo. En un momento creyó que podían ser drogas, pero luego pensó
que su hijo sería incapaz de consumir algo prohibido. Era el ser más sano del mundo.
Al abrir ese segundo cierre, mucho más chico que el principal, encontró dos sobrecitos de sal que le resultaron conocidos. Después de varios minutos pensando dónde los había visto, lo recordó. Los había puesto ella, luego de la cena íntima que habían tenido con el presidente del Atlético de Madrid.
Es que Doña Carmen tenía el TOC de llevarse cosas de recuerdo de ciertos lugares. En los bares o estaciones de servicio, se robaba los sobrecitos de condimentos o de azúcar, para luego usarlos en su casa. Y ese día, en la cena, guardó dos envoltorios cuadraditos de sal que estaban en la lujosa mesa de la mansión del presidente y los puso en el botinero de su hijo, sin que nadie se diera cuenta, ya que no había llevado cartera y en su falda tampoco tenía cómo guardarlos. Después, cuando llegaron al departamento donde residían en España, se olvidó de sacarlos y quedaron ahí sin que el Flaco lo supiera.
Fueron años muy duros. De llanto, de frustración, de querer tirar todo y volver a empezar. Pero después de mucho buscar, por fin alguien le pudo sacar la sal al pobre Flaco Salas.

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