CUENTOS DE FÚTBOL
En las calles, en los estadios mendocinos, en los bares, en los bondis, y hasta en los asados de los domingos con amigos, circulaba una advertencia que nadie se atrevía a cuestionar: con el Jarillero no se jode.
Y es que, desde una anécdota del 2014, esta frase se había convertido en algo más. Era casi una ley no escrita, un dogma que recordaba a todos que, cuando se trataba del Aurinegro, había cosas que era mejor no provocar.
Aquel año, el elenco esteño participaba del extinto Torneo Argentino B. Un campeonato donde los sueños de llegar más alto se chocaban con campos de juego polvorientos y arbitrajes que, más de una vez, dejaban mucho que desear. Fue en uno de esos partidos, de los que se viven como finales, cuando el Jarillero sintió que el destino le jugaba en contra.
El sol mendocino pegaba fuerte aquella tarde y el José Guillermo Castro hervía de gritos y cánticos. Las tribunas estaban llenas de fervor, con los hinchas locales apretados entre banderas amarillas y negras, alentando con la pasión que solo en el corazón del Este provincial se puede entender.
Los jugadores en la cancha sudaban la camiseta, dejándolo todo en el césped, pero el partido no iba como esperaban. Los fallos arbitrales caían uno tras otro como un martillo sobre los nervios del equipo y de su gente. Cada falta no cobrada, cada posición adelantada mal señalada, cada tarjeta injusta, acumulaba una rabia que crecía en las entrañas de la hinchada y del cuerpo técnico.
El árbitro, un joven que venía con fama de implacable pero correcto, no estaba teniendo su mejor tarde. Sus decisiones favorecían al rival una y otra vez. Y lo que para cualquier hincha ya era difícil de soportar, para los Aurinegros era sencillamente inaceptable.
En el segundo tiempo, cuando el conjunto esteño estaba más cerca de la derrota que del empate, se desató el caos. Un gol anulado por un supuesto offside encendió la chispa que todos sabían que, tarde o temprano, iba a explotar.
El pitido final decretó una dolorosa derrota y el árbitro, con su pecho inflado y gesto serio, se dirigió hacia su vestuario. Pero lo que no sabía es que no iba a salir de allí de la misma manera en la que había entrado.
Aparentemente, uno de los asistentes del director técnico, un tipo de pocas palabras pero muy macho, estaba decidido a tomar cartas en el asunto. La furia que se había acumulado durante los noventa minutos se transformó en acción.
El árbitro, maltrecho y dolorido, estuvo semanas sin poder arbitrar. Fue como si el tren de pasajeros hubiera vuelto al pueblo por unos minutos, solo para pasar por encima de él. Su cara hinchada, los hematomas que cubrían su cuerpo, y el miedo que sentía al salir a la calle, lo alejaron no solo del campo de juego, sino de su vida cotidiana por varios días.
Lo peor para él no era el dolor físico, sino la advertencia que se había grabado en su mente, como un eco imposible de apagar: con el Jarillero no se jode.
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