CUENTOS
Un respetado y querido escritor de Mendoza, como lo es Juan Martín Alonso, tiene una teoría muy atractiva sobre el más allá. A mí me cuesta entenderla, pero, como se puso de moda la frase en Qatar 2022, elijo creer en esta oportunidad. No por convicción, sino por deseo.
La teoría de Juan Martín es tan interesante como hermosa. Él sostiene que, en el más allá, no existe una línea de tiempo como tal y que uno puede viajar al pasado, mirar el presente o incluso ir hacia el futuro sin demasiados inconvenientes. Sería algo así como encender YouTube y decidir qué ver. Elegir un lugar o un evento en particular para luego teletransportarse y vivirlo, ahí, en el lugar de los hechos.
Si esto es real, quiero creer que Don Brozo se levanta todas las mañanas, desayuna livianito y se va a pispear algún entrenamiento del Naranja, que se prepara para el próximo partido de Liga Argentina o Superliga. Por las tardes, hace lo propio con el equipo femenino y las inferiores.
Creo también que, de vez en cuando, se da un lujito y decide rememorar viejas hazañas, pero desde otra perspectiva. El agónico triple del Chelo ante Olímpico de La Banda, alguna bomba imposible de Releford, o más acá en el tiempo, la remontada ante San José en el Súper 8 del 2013, con el Hueso y el Nico como baluartes.
Amante del básquet como pocos, al menos una vez al año viaja al Luna Park para disfrutar de aquella primera final del mundo en la que vencimos a los Yankees, que todavía no lo pueden creer. Como tampoco terminan de digerir la derrota del 2002 en Indianápolis, y ni hablar del paseo que les dimos en Atenas 2004. Don Brozo, siempre que puede, se mete a revivir esos encuentros.
A veces tiene ganas de sufrir un poco, como quien pone Titanic por enésima vez porque no hay nada mejor para ver, y le pide al algoritmo del cielo que lo traslade al terrible choreo ante Instituto de Córdoba del ´88 o, más acá en el tiempo, a la llave ante Belgrano de San Nicolás en 2016, donde quedó gente afuera, en Rivadavia y en Buenos Aires. Pero los que están en otra dimensión, siempre tienen un lugar de privilegio. Una silla reservada.
Eso es lo que más ama Don Brozo desde que llegó a su nueva normalidad. Ya en sus últimos años, en el terreno de los mortales, le gustaba estar sentado a un costado, tranquilo, sin que nadie lo molestara, sin que alguien le preguntara qué cambio haría él o qué ajuste defensivo le convenía a Rivadavia.
Ahora, en esta dimensión que transita, es más feliz que nunca porque nadie lo puede ver, pero él puede ver todo lo que quiera desde su asiento.
Hay momentos en los que también hace lo propio con el fútbol. Se da una vueltita por el Comunal de los ochenta, donde en las tribunas no cabía un alma. Incluso sabiendo cómo va a terminar el partido, se vuelve a poner nervioso. Menea la cabeza cuando ve que Giusfredi y Méndez Souza no se hablaron en el fondo y un delantero rival queda mano a mano. Celebra los goles del Pampero o del Chancha y disfruta de las corridas de Boldrini por la banda y el manejo de Pitarch en la mitad de la cancha. Son tiempos fabulosos, y siempre vale la pena volver, aunque sea unos minutos.
En ese universo superior, también hay lugar para la familia. Visita seguido a Alicia y también a sus hijos y nietos. Ellos no se dan cuenta, pero cada vez que una brisa les roza la cara o el pelo, es Don Brozo que acaba de estacionar en una vía paralela que nosotros, por ahora, no podemos comprender.
Hay días —generalmente los domingos por la tarde— en los que decide hacer un viajecito con su amigo Pirincho. No siempre. A veces. La soledad sigue siendo su mejor compañía. Pero con Pirincho hablan el mismo idioma. Se cuentan anécdotas de la Normal y la Comercio, y hasta hay tardes en las que juegan un 21 en los playones del poli.
Pero, como dijimos antes, y siguiendo la teoría de Juan Martín Alonso, ese espacio supremo también permite asomarse al futuro. Es cuestión de pedírselo al algoritmo y te lleva en un par de segundos, siempre y cuando no haya problemas con el WIFI.
Estoy casi seguro, que en noches especiales —un 24 de diciembre, por ejemplo, o un 10 de octubre—, en lugar de brindar con sus amigos, Don Brozo se va. Vaya a saber a qué año, pero agarra su silla y se va. Se da una vueltita por ese día en el que Rivadavia Básquet corta las redes de sus aros.
Arriba de uno de los tableros está el capitán del equipo. En el otro, el MVP del torneo. Ambos con tijeras, cortando las redes como símbolo del primer ascenso a la Liga Nacional.
En las calles del departamento, el ruido es ensordecedor. Bocinazos, abrazos, una caravana Naranja que sale del poli y desemboca en la plaza. Esa noche, seguro, hubo más de mil personas que se quedaron afuera del Brozovix. Que corrieron a sus casas para prender la compu, el celu, la tele o la radio y no perderse el partido.
Don Brozo, en cambio, está ahí. Con su silla celestial. Cerca del banco local. Sin que nadie lo moleste. Feliz. Disfrutando en silencio, y viendo cómo todo lo que sembró durante décadas sigue dando sus frutos...

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