LA BABOSA MÁS PULPOSA

 


CUENTOS DE FÚTBOL

Según cuenta la leyenda, muchas veces en el Legrotaglie se le prestó más atención a la tribuna que al rectángulo de juego. Y es que todos se derretían cuando veían a La Babosa.

Ella era la diosa de las gradas. Los hinchas no se concentraban en el partido cuando ingresaba al estadio con su extrema belleza. «Llegó La Babosa más pulposa» decían, y las cabezas de hombres (y también mujeres) se daban vuelta para contemplarla.

Era imponente, seductora y fanática del Lobo. Cuentan algunos dirigentes que incluso se acercaba a ver los entrenamientos, pero un día el director técnico la tuvo que echar porque todos los jugadores se distraían al visualizar sus caderas y su exuberante delantera.

Por aquellos años, los Pitucos tenían a un Diez brillante, exquisito. Un especialista en la pelota parada. Decían que nunca fallaba. Que donde ponía el ojo, acertaba. Y, domingo tras domingo, había empezado a ganarse la idolatría de todo el pueblo mensana.

Una calurosa tarde de noviembre, el Lobo debía afrontar un partido decisivo contra la Lepra, el rival de toda la vida, y el «hoy hay que ganar» se cantaba desde la previa.

Las tribunas estaban repletas, y entre la música de cancha y los tambores, el Diez ajustaba sus botines. El partido era ordinario, trabado, como la mayoría de los clásicos, pero a dos minutos del final, el árbitro cobró un tiro libre a favor del Lobo. Estaba lejos, pero nada era imposible para el Diez, al que muchos ya comparaban con el Víctor.

Acomodó la pelota con calma, como quien prepara un mate un domingo por la mañana, sabiendo que la clavaría en el ángulo. El estadio entero enmudeció, esperando el gol del triunfo. Y ahí, justo cuando levantó la mirada, la vio. Prácticamente se encandiló por su belleza. Estaba más hermosa que nunca y sobresalía entre la multitud. Camiseta albinegra bien ajustada, los labios color Malbec, y ese andar que rompía defensas y corazones por igual. El Diez tragó saliva y buscó concentración.

El tiro libre iba directo, fuerte, perfecto… pero salió desviado. El juego terminó sin goles, y aunque no perdieron, el empate dolió más que una derrota por esa chance inmejorable, que el Diez nunca fallaba.

Luego del partido, y tras salir del vestuario recién bañado y perfumado, en lugar de irse cabizbajo a casa como el resto de sus compañeros, el Diez fue directo a la tribuna, donde La Babosa todavía se encontraba charlando con algunas amigas, vinito de por medio dentro de una botella de plástico cortada a la mitad, como si nada hubiera pasado, mientras el sol se escondía y una canción de Gauchito Club sonaba en su celular.

—¿Te distraje? —le preguntó ella, con una sonrisa que iluminaba todo el Parque.
—Un poco —dijo el Diez, con la sencillez que lo caracterizaba. 

Y eso fue todo. No hubo más palabras. Solo una mirada, como la que le dedicaba a la pelota antes de ejecutar un tiro libre al ángulo.

Decían que el Diez no fallaba nunca. Que donde ponía el ojo, acertaba. Todo indica que esa tarde de un cero a cero olvidable, otra vez no falló y consiguió el gol más hermoso de todos. 





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