CUENTOS DE FÚTBOL
Salvo que seas un futbolero de raza, para el público en general es muy fácil confundir camisetas. La de River, por ejemplo, se parece mucho a la de la Selección de Perú o a la del Rayo Vallecano en España. La de Rosario Central, tranquilamente la podemos emparentar con la de Atlanta. La de Newell´s y la de Colón en Santa Fe, han provocado un sinfín de yerros a lo largo de los años. Y ni hablar de la camiseta de la Selección argentina, con sus franjas verticales celestes y blancas. Son muchos los equipos que tienen esa combinación y formato. Lo que nunca nadie imaginó, es que una persona puede poner en riesgo su vida por culpa de una equivocación.
Fue lo que le pasó a El Kía. Por ser fiel a su pasión y a los colores del Boli, casi arriesga su pellejo. Y peor aún, arriba de un escenario y en otro país.
Cuando alguien quería saber algo sobre la Academia de San José, no había dudas de a quién acudir: El Kía lo sabía todo. No importaba si se trataba de formaciones retro, las camisetas más extrañas de la historia o el nombre de un wing de los años setenta que jugó solo cinco partidos. Si era del Boli, El Kía lo tenía registrado en su memoria. Era un museo viviente, un archivo de carne y hueso del club de sus amores.
Pero El Kía no era solo un hincha. Su amor por esa casaca iba más allá de lo deportivo. Esa pasión lo inspiraba a escribir. Tenía una facilidad natural para plasmar emociones en palabras, tanto en poesías como en canciones o incluso, en libros de ciencia ficción. Era un hombre de letras, un tipo culto que encontraba en el Boli su musa eterna.
Cada domingo, desde que tenía uso de razón, se lo podía ver en la popular del Mauricio Serra agitando los brazos y cantando con toda su alma. Porque para El Kía, cada partido era especial, como un poema que se escribía en el verde césped en tiempo real.
Un día, la pasión de El Kía lo llevó al otro lado de la cordillera. Aprovechando su habilidad con la guitarra y su talento para escribir, fue invitado por un conocido a un bar de Chile, en una de esas noches bohemias que tanto disfrutaba. El ambiente era relajado, los músicos se turnaban en el escenario para compartir sus creaciones.
El Kía, emocionado, había decidido que esa noche subiría a cantar con la camiseta de su amado club. Esa casaca albiceleste que tanto orgullo le daba. Era su bandera, su identidad, su vida. Pero no se dio cuenta de que la vestimenta titular del Boli se parecía demasiado a la de la Selección argentina y que la relación futbolera con los chilenos, no estaba en su mejor momento.
Apenas subió al escenario con su guitarra en mano, notó que algunos de los presentes lo miraban mal. Trató de concentrarse en su música, pero a medida que avanzaba con la primera canción, los murmullos en la sala se hicieron más evidentes. Llegaron algunos abucheos y el ambiente se volvió tenso.
—¡Bájate del escenario, weón! —le gritó uno desde el fondo.
—Acá no queremos argentinos agrandados. ¡Bájate o te bajamos a golpes, conchetumare!
El Kía, sorprendido, intentó calmar la situación. Dejó la guitarra a un costado y, con una sonrisa nerviosa, explicó que no llevaba la camiseta de la Selección argentina.
—¡No, no! Esta casaca no es de la Selección —expresó, levantando los brazos—. Es del Boli, de La Academia. ¡Un club que trata bien a todo el mundo!
Eso captó la atención del público. Algunos se rieron, otros seguían desconfiando y querían hacer justicia por mano propia. Pero El Kía vio una oportunidad. Sabía que, si contaba la historia de su club, tal vez el ambiente se calmaría y podría salir vivo de ese lugar. Fue ahí que comenzó a relatar cómo el Boli siempre había sido un club noble, sin conflictos, pero lleno de pasión.
Contó anécdotas, victorias memorables, el famoso Argen Racing del ‘86, y cómo, a lo largo de los años, el conjunto de Guaymallén había sido un lugar donde el fútbol servía para unir y no para dividir.
—¡Nosotros jugamos al fútbol, no a la guerra! —sentenció, emulando ser un líder político revolucionario.
El público, lentamente, se calmó y las miradas duras se suavizaron. Algunos incluso empezaron a aplaudir. Lo que había iniciado como una situación dramática, se transformó en una noche de risas y música. Y finalmente, El Kía se animó a cantar Academia de campeones, esa melodía que le había dedicado al Boli con tanta pasión, ya con la tranquilidad de saber que saldría ileso del vecino país.
El Kía no tenía un rótulo claro. Lo podían llamar poeta, músico, historiador, pero en el fondo, él sabía que su verdadera vocación era ser un Bolistone.
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