CUENTOS DE FÚTBOL
Si bien muchos, en el último tiempo, se han aprovechado de la palabra ´libertad´ para ganar elecciones, no hay nada más importante en la vida que sentirse libre. En el fútbol pasa lo mismo. Cuando no hay presiones, cuando no tenés la obligación táctica de perseguir al lateral contrario, o cuando no hay una posición fija en el campo, se disfruta como cuando jugábamos en el barrio.
Y así siempre sintió este deporte El Nico. Toda la vida se dijo que había algo especial en él, una chispa divina que lo separaba de los mortales. Tenía la capacidad, el talento y una magia que lo convertían en una estrella en potencia, alguien que podría haber brillado en cualquier rincón del mundo: Europa, Estados Unidos, o incluso en la mismísima Selección argentina.
Sin embargo, a pesar de todas las oportunidades que su habilidad le presentaba, El Nico decidió quedarse en Mendoza, en la tierra que lo vio nacer y crecer.
En el estadio Anselmo Zingaretti fue Dios y los fieles le rezaban todos los domingos. Aunque también, con el tiempo, se convirtió en el símbolo viviente del fútbol mendocino, respetado y buscado por todos los clubes cuando querían ser campeones o clasificar a torneos importantes.
La camiseta 10, con su nombre en la espalda, parecía estar destinada a él desde el primer día. Jugaba con esa casaca como si hubiera nacido con ella pegada al cuerpo. Sus rulos al viento se convertían en una firma visual que todos reconocían, mientras que en la cancha, su fútbol se transformaba en poesía en movimiento. No importaba cuántos rivales intentaran detenerlo, él parecía deslizarse entre ellos con una facilidad sobrenatural, improvisando gambetas imposibles que dejaban a todos los espectadores maravillados.
Los defensores no lo entendían; cada regate parecía salido de un cuento, de esos que solo los héroes míticos pueden protagonizar. Era como si tuviera una parte de la destreza de Maradona, la genialidad de Messi y el alma del Víctor. Los tres, fundidos en un solo cuerpo, en ese chico humilde de La Libertad, que siempre regresaba a su tierra natal después de cada partido.
Los hinchas mendocinos lo adoraban, pero no solo por lo que hacía en la cancha, sino por lo que representaba fuera de ella. A pesar de tener el talento suficiente como para firmar contratos millonarios y estar manejando autos lujosos o viviendo en los barrios más exclusivos, El Nico prefería lo sencillo, lo auténtico. Se subía al expreso por Barriales o tomaba el directo a Rivadavia como cualquier vecino, saludando a la gente que, por supuesto, lo reconocía.
La Libertad, su pueblo natal, era más que un lugar; era su refugio, su mundo. Allí, lejos de las luces de las grandes ligas, El Nico caminaba las mismas calles polvorientas que había recorrido de niño, saludaba a los viejos amigos y jugaba en las canchitas de tierra, donde todo había comenzado.
En La Libertad, justamente, se sentía más libre que en ningún otro lugar. Allí, el peso de las expectativas no existía y las presiones que suele traer el deporte de alto nivel, se desvanecían. ¿Para qué convertirse en uno de esos jugadores que terminan rodeados de empresarios en trajes caros, descorchando champagne en eventos llenos de superficialidad, si podía estar sentado en una vereda con los amigos de siempre, compartiendo un asado, tomando vino, y hablando de la vida hasta el amanecer?
“Yo soy mendocino… como asado, tomo vino…”, reza una canción de cancha que, de alguna manera, parece haber sido escrita para él. El Nico, ese crack que tuvo en sus manos la posibilidad de tenerlo todo en el mundo del fútbol, eligió el camino más simple, pero también el más libre y auténtico. Podría haber
caminado por las grandes capitales del mundo, haber sido una estrella global, el rostro de marcas publicitarias, pero prefirió quedarse en la tierra que amaba, cerca de las personas que realmente le importaban.
Al final del día, lo que verdaderamente hacía grande a El Nico no eran sus goles, ni sus gambetas, ni siquiera los títulos que pudiera haber ganado. Lo que lo hacía gigante era su capacidad para ser fiel a sí mismo, para no dejarse arrastrar por las tentaciones de un mundo moderno y descartable, y para entender que la verdadera libertad no está en el lujo o en la fama, ni en espacios políticos baratos, sino en la paz de poder ser quien uno realmente quiere ser.
El Nico construyó su leyenda, que quedará para siempre en la memoria de aquellos que lo vieron jugar y, sobre todo, en el corazón de La Libertad, el lugar que eligió como su verdadero hogar. El chico de los rulos al viento, el Chango de la gente, el ídolo inmortal, el símbolo de que la felicidad está en las pequeñas cosas.

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