CUENTOS
Hay personas que corren apuradas. Porque están a punto de llegar tarde a algún lugar, porque se quedaron dormidas o porque la vorágine del día a día las supera. Pero hay otras —las menos— que corren porque quieren. Porque lo aman y porque detenerse no es una opción.
Una de ellas fue Anto.
En el poli comenzó todo. Primero como una actividad secundaria y, con el tiempo, como una forma de entender la vida.
Y de tanto correr, entendió algo fundamental: para correr cien metros hace falta velocidad, pero para sostener kilómetros hace falta carácter. Y Anto tenía carácter de sobra.
Se cansó de ganar carreras y de subirse a podios. Fue noticia. Fue referente. Fue admirada por propios y extraños, algo que muy pocos logran.
No importaban el frío, el calor o la lluvia. Anto no se detenía. Cuando no había carreras, había entrenamientos. Siempre con la mirada puesta en mejorar, en afinar detalles, en ir un poco más allá.
Y entonces, cuando todo parecía tener un rumbo claro, apareció la carrera que nadie elige ni espera. La más injusta. La más silenciosa. La que no tiene circuito marcado ni reloj que te diga cuánto falta.
El cuerpo —ese mismo que había sido vehículo, herramienta y refugio— empezó a jugar en contra. Y sin embargo, Anto no se detuvo.
Siguió.
A veces con miedo.
A veces con dolor.
A veces con incertidumbre.
Pero siguió.
Y corrió tan rápido que no terminamos de ver que la meta estaba más cerca de lo que imaginábamos.
Me gusta pensar que las calles no la olvidan. Que la guardan. Que la sienten pasar, sobre todo en abril, cuando las maratones de Rivadavia vuelven a poblar el aire de respiraciones agitadas.
Muchos dirán que se fue antes de tiempo.
Quizás simplemente marcó un ritmo que nadie más podía sostener. Quizás cruzó una meta que no veíamos. O quizás, eligió seguir corriendo, pero en otro plano, donde el aire no falta y las distancias no duelen.
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