EL MITO

 


CUENTOS

Hay mitos o relatos que vale la pena alimentar. No importa la veracidad. Si la historia es linda y emociona, poco importa si sucedió o no. 

Hay un mito que indica que, a muy poco de finalizar la inentendible guerra de Malvinas, un grupo de soldados ingleses, que también estaban lejos de sus casas y de sus seres queridos, retaron a un puñado de prisioneros argentinos a un partido de fútbol. Por diversión y para calentar el cuerpo en esa fría y lejana realidad. 

Once contra once, sin armas, en una cancha de fútbol helada e improvisada, como también lo fue la pelota hecha de medias que imitaba ser esférica. 

Dos países, dos estilos de juego, dos formas de entender la vida. Ingleses  y argentinos. Ambos, víctimas de decisiones que no tomaron.

Los ingleses, lucían su prolijidad natural, con mejor calzado y vestimenta.  Los argentinos, en cambio, flaquitos, cansados, jóvenes (muy jóvenes) y con un hambre terrible, de comida y de gloria. 

En la vida, como en la guerra, de vez en cuando vale la pena hacer una tregua y repensar. Parar la pelota, mirar mejor el panorama. Y así nace este partido. O este mito, según lo quieran ver. 

Está claro que en el conflicto bélico Argentina perdió. Por goleada. El cuerpo técnico no estuvo a la altura. O, mejor dicho, no estuvo. Se borró.  Pero ahora hay un partido, amistoso es cierto, pero cuando se defiende la camiseta albiceleste se da todo. Se entrega todo. Sin especular.  

No hay resultado ni estadística de lo que sucedió esa tarde de fútbol en Malvinas. Pero el rumor indica que un soldado argentino, imitó ser el Diez de la Selección. Agarró la pelota de medias en la mitad de la cancha. Giró entre dos ingleses y avanzó con más picardía que orden. Entre amagues y gambetas, finalmente quedó mano a mano contra el arquero.

Si enganchaba para la derecha con una sutil pisada, seguramente también hubiera eludido al guardameta, pero decidió pegarle de puntín, como en el barrio. La pelota dio en una de las camperas que simulaba ser uno de los postes de la valla inglesa y el arquero finalmente se quedó con el rebote.

Pudo ser un golazo. El gol del siglo. Pero no se dio. 

Muchas veces confundimos la vida con el juego y la guerra con el fútbol. Y en el fondo, muy en el fondo, sabemos que estamos equivocados. Al menos ahora, que podemos ver el panorama completo, entendemos que cuatro años después de ese conflicto provocado por quienes nunca pisaron el barro ni sintieron el frío, aparecerá un morocho divino con sus rulos al viento, y tendrá un segundo más para pensar y definir desde el piso, luego de una patada tan traicionera como inglesa.

Gracias a ese gol inmenso de un partido de fútbol y nada más que eso, aquellos soldados argentinos que lucharon en el fin del mundo, recordaron que, a pesar de tanto dolor, era posible volver a sonreír.






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