ABRIR PUERTAS


CUENTOS

Todo comenzó en el patio de su casa y con la pasión heredada de su padre el Facha. Cuando la Cami agarraba la pelota de fútbol, pasaban cosas.

No era magia. Era algo más difícil de explicar: una mezcla de rebeldía, talento y esa necesidad urgente de hacer lo que a uno le gusta. De jugar, sin importar la edad y el contexto.

La Cami siempre hizo lo que quiso. En la plaza de su barrio empezó a mostrar esa cuota de talento, en el medio de equipos armados al azar con un pan y queso, y en picados eternos con arcos de camperas o piedras que simulaban ser palos. 

Y ella siempre ahí, corriendo con todas sus ganas, metida entre los varones, pidiéndola como si supiera que ése era su lugar en el mundo.

Al principio, los chicos que la veían jugar la miraban raro, con dudas. Pero después, esas dudas se transformaron en admiración. Y es que el balón no entiende de prejuicios. Entiende de decisiones. Y la Cami, casi siempre, decidía bien.

Con el tiempo, lo que era un juego se volvió lenguaje. Ya no se trataba solo de jugar al fútbol, sino de convivir con la pelota. De domesticarla. De hacerla propia. Ahí apareció el freestyle.

La Cami empezó a hablar ese idioma como si lo hubiera aprendido antes de nacer. Subía la pelota a su pie derecho, luego al izquierdo, después a una rodilla, a los hombros, a la nuca. La frenaba. La dormía. La despertaba. La hacía bailar. Y lo más extraño de todo: parecía fácil. Pero claramente no lo era.

Hacer equilibrio nunca es sencillo, ni con un balón ni con la vida. Y vaya si la Cami sabía de equilibrio. Porque mientras dominaba la pelota, también tenía que hacer lo propio con el estudio, el trabajo y el día a día de una docente en un país donde la educación casi nunca es prioridad.

En la pandemia, aquella etapa oscura y compleja, aparecieron los torneos virtuales, los videos en redes y los desafíos con rollos de papel higiénico. La Cami dejó de ser solo rivadaviense y pasó a ser de la provincia y del país. 

Compitió. Ganó. Fue noticia y fue viral. Pero lo más importante no fue su éxito personal, sino la cantidad de puertas que, queriendo o no, empezó a abrir. Puertas que, durante décadas, estuvieron cerradas con llave, candado y pasador.

La Cami, que logró títulos internacionales metiendo caños en el Street Panna, realizó el más importante de todos —tan inolvidable como el de Román a Yepes—: le tiró un caño a los prejuicios.

Demostró que una mujer puede triunfar con una pelota en los pies. Que con amor y dedicación, los sueños se trabajan hasta cumplirse. Y que, muchas veces, por no decir siempre, lo único que hace falta es animarse a abrir la puerta para ir a jugar.





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