CHIQUITO, EL MÁS GRANDE

 


CUENTOS 

Abel jamás pasó desapercibido. Le dijeron “Chiquito” desde siempre. Como si el apodo fuera una broma irónica del destino, o una manera de hacerlo entrar —aunque sea con palabras— en un mundo que nunca estuvo hecho a su medida.

Y es que Abel ya medía más de dos metros cuando todavía era menor de edad. Y eso, lejos de ser una ventaja, era un problema.

Tenía que agacharse para entrar a todos lados, sobre todo en la escuela. Cada puerta era un recordatorio de que el mundo estaba diseñado para otros. Los pupitres le resultaban incómodos, conseguir ropa a su medida era una odisea y las miradas ajenas, fueron inevitables. Les sacaba cuatro cabezas a todos sus compañeros.

Durante años, Abel cargó con su altura como quien carga una cruz. No había actividad ni espacio donde eso que lo hacía distinto se transformara en virtud. Hasta que un día, casi por casualidad, todo cambió.

Fue en el gimnasio del poli. Entre pesas de distintos tamaños, botellas plásticas, música espantosa y pibes que soñaban con marcar músculos frente al espejo, apareció él. Un cuerpo imposible de ignorar. Una presencia que desordenaba la escena.

No hacía falta saber demasiado para darse cuenta: en Chiqui había algo especial. El Hueso Ronco fue quien lo vio y se animó a preguntarle:

—¿Jugás al básquet?

La respuesta fue un no sincero. Nunca había jugado. Tenía 18 años y no comprendía lo básico: no sabía picar la pelota, no conocía las reglas, no entendía las posiciones.

Pero Chiqui tenía algo fundamental: la altura. Y también —aunque parezca un detalle menor— la disposición y la humildad para aprender.

Lo invitaron a probarse. Primero a entrenar. A conocer el juego. A equivocarse. Y ahí pasó lo inevitable.

Lo que durante años había sido incomodidad empezó a transformarse en ventaja.

Cada rebote era suyo.
Cada pelota dividida tenía dueño.
Cada paso en el parquet generaba respeto.

El crecimiento de Chiqui fue tan rápido como inevitable. De desconocido a promesa. Y de promesa a realidad.

En pocos años se convirtió en el mejor interno de la provincia. Su nombre empezó a sonar fuerte en todo el país y se volvió ídolo y referente de los más chicos, que después de cada partido morían por una foto o un autógrafo. 

El básquet le dio lo que la vida le había negado durante mucho tiempo: un lugar a su medida. Una identidad.

Después llegaron los títulos, los cortes de redes, las ofertas de distintos equipos, los viajes por todo el país. Pero, sobre todo, llegó la posibilidad de transformar en virtud aquello que durante años había sido una mochila pesada.

Hay historias que no empiezan cuando uno quiere. Empiezan cuando tienen que empezar. Porque no hay reloj para demostrar el talento. Y no hay edad para encontrar una vocación.

De vez en cuando, la vida se toma su tiempo, acomoda las piezas… y cuando todo encaja, te muestra —sin decir una palabra— para qué estabas hecho.





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