CUENTOS
Corría el año 1996 y en la pantalla de Telefe apareció Mi familia es un dibujo, una serie animada argentina que marcó un antes y un después para la industria de la televisión, el cine y el entretenimiento.
Dibu, el protagonista de aquella historia, tenía una cabellera naranja inconfundible, un sinfín de pecas en el rostro y una remera a rayas que combinaba con su cabeza. Un personaje entrañable que se metió en el corazón de grandes y chicos.
Quién hubiera imaginado que, treinta años más tarde, otro Dibu tendría su propia película animada. Aunque esta vez el protagonista no sería de ficción, sino un pibe marplatense de carne y hueso que llegó a lo más alto que un futbolista puede alcanzar: ser campeón del mundo.
Emiliano no ingresó al corazón de los futboleros como los héroes tradicionales. Tuvo que comer mucho banco e irse del país en busca de oportunidades.
Ser arquero ya es raro de por sí. Sin la elegancia de un enganche ni los goles de un delantero, hay que tener agallas para elegir un puesto donde un error jamás pasa desapercibido.
De tanto pelearla, con paciencia y trabajo, las oportunidades para Emiliano llegaron. Y las aprovechó todas. Pero no sería solamente su rendimiento lo que lo pondría en primer plano, sino una frase:
—“Mirá qué te como, hermano”.
Ahí cambió todo. se quebró una barrera entre el público y Emiliano. Ahí entendimos que era uno de los nuestros, más allá de llevar tantos años viviendo en el Viejo Continente.
Después, por supuesto, los penales atajados y los bailes desfachatados hicieron lo suyo. Pero, sin dudas, todo comenzó con aquella frase. No fue soberbia: fue una batalla psicológica ganada antes del remate.
Y ahí también apareció otro tema, mucho más profundo e importante que el fútbol: la salud mental.
Durante años, ir al psicólogo fue motivo de burlas. Al que hacía terapia lo trataban de loco, de débil, de exagerado. Hubo generaciones enteras que crecieron con la idea absurda de que guardarse el dolor era sinónimo de fortaleza. Que llorar estaba mal. Que hablar de los miedos era cosa de cobardes.
Hasta que tipos como Emiliano ayudaron a romper ese prejuicio.
Y es que este Dibu, el de carne y hueso, habló abiertamente del trabajo psicológico, de la preparación mental, de la importancia de la confianza y del acompañamiento profesional. Gracias a él, muchos entendieron que los partidos también se juegan en la cabeza. Y la vida, mucho más.
Hoy hay pibes y pibas que quieren ser arqueros. Hoy hay chicos que se pintan banderas argentinas en la cabeza. Hoy hay nenes que hacen bailes en el potrero después de atajar un penal. Y eso, en un país donde nadie quería ir al arco, ni siquiera en los picados con amigos, es casi un milagro.
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