CUENTOS
En San Corchito del Este se decía de todo sobre Maximiliano Cassinelli. Que había ganado dos veces el Quini Plus. Que una vez apostó un Fiat Duna en una carrera de galgos. Que perdió un televisor en una partida de truco con un primo y que después lo fue a buscar porque “el macho y la hembra estaban marcados”.
Pero había algo en lo que todos coincidían: Cassinelli tenía un problema serio con el juego.
No apostaba solamente plata. Apostaba esperanza. Que es mucho más peligroso.
Le daba lo mismo un Boca-River que la eliminación de un participante de Gran Hermano. Apostaba quién iba a renunciar primero en el Gabinete Nacional, cuánto duraba un ministro de Economía, si llovía antes de las seis o si el carnicero del barrio volvía con la ex.
Una vez, incluso, apostó que un loro del barrio decía “Viva Perón” antes del viernes. Perdió por dos días.
En Navidad era insoportable. Mientras las familias brindaban o discutían de política, Cassinelli organizaba torneos de escoba, chinchón y truco. Y siempre por plata.
—Aunque sea cinco pesos para ponerle emoción —decía. No había sobremesa sin un tío arruinado económicamente.
En el Bingo Municipal llegó a estar dieciséis horas seguidas. Entró cuando abrieron y salió únicamente porque el guardia le apagó la máquina. Volvió a su casa, durmió tres horas y regresó convencido de que la suerte “había quedado caliente”. Y es que el ludópata tiene eso: interpreta señales donde no hay nada.
Y entonces apareció el cero.
Primero lo vio en una patente. Después en el vuelto del almacén de Doña Carmen. Y más tarde en el reloj digital del micro: 00:00 (en realidad estaba apagado).
El cero empezó a perseguirlo. Era una obsesión numérica. Estaba en todos lados. Lo sentía. Lo percibía.
Lo jugó en la quiniela del barrio. Después en lo de Don Fitipaldo, que levantaba apuestas ilegales atrás de una gomería y anotaba los números en servilletas Sol Mayor. Fueron pequeñas apuestas, pero que resultaron favorables.
Y finalmente entendió cuál era su destino: el casino. El grande. El importante. El lugar donde, según él, se convertiría definitivamente en millonario y dejaría de trabajar para siempre.
Ya se imaginaba viviendo de rentas. Comprando departamentos, invirtiendo en acciones internacionales aunque no supiera ni cómo prender una computadora. Visualizaba su nueva rutina: levantarse tarde, desayunar tostadas con huevo y palta en el café más sofisticado de San Corchito del Este, leer el diario como un empresario serio y volver a su casa para mirar series y deportes mientras una empleada doméstica le preparaba las milanesas con puré. Era, básicamente, el sueño húmedo de cualquier vago profesional.
Después de catorce horas en bondi, llegó al casino más grande del país vestido como un mafioso de oferta. Traje negro y perfumado, zapatos lustrados, camisa blanca brillante y tanto gel en el pelo que parecía plastificado.
Él se sentía George Clooney. Pero en realidad parecía un vendedor de alarmas domiciliarias.
Llevaba encima el equivalente a 500 dólares. Todo lo que le quedaba después de años de maquinitas, apuestas deportivas y decisiones financieras tomadas bajo los efectos del Fernet.
Se acercó a la ruleta física porque, según él, “las electrónicas están arregladas”, como si la ruleta tradicional hubiera sido inventada por Carmelitas Descalzas.
Se arrimó al oído del crupier y le dijo:
—Hoy te quedás sin laburo por mi culpa.
El empleado apenas sonrió. Seguramente ya había escuchado esa frase de otros cuarenta delirantes.
Cassinelli cambió todo por fichas. Y las puso completas al 0.
La mesa quedó en silencio.
La ruleta empezó a girar. Las fichas ajenas se repartían entre negros, rojos, pares, impares y docenas. La bola rebotó cerca del 14, amagó con caer en el 32, pegó un saltito raro… Y cayó en el 0.
Hubo un grito colectivo. Una ovación. Un señor se persignó. Una mujer lloró sin motivos claros. Y Cassinelli, lejos de sorprenderse, apenas acomodó el saco como quien sabía perfectamente lo que iba a pasar.
Cobró. 18 mil dólares en minutos. Cualquier persona normal habría frenado ahí. Pero no Cassinelli.
Volvió a poner todo al 0. Apuesta máxima.
La noticia recorrió el casino más rápido que un chisme en peluquería. Los de las tragamonedas abandonaron sus máquinas. Los del blackjack dejaron cartas a mitad de mano. Hasta un mozo frenó con una bandeja llena de daikiris para mirar la escena.
Algunos jugadores copiaron a Cassinelli y pusieron fichitas mínimas al cero. Otros se alejaron espantados.
La ruleta volvió a girar.
La bola daba vueltas eternas.
El tiempo parecía suspendido.
Pero Cassinelli estaba tranquilo. Sonreía mientras miraba su reloj, haciéndose el misterioso. Una especie de Tony Stark, aunque criado a polenta, mate cocido y Rinde Dos de naranja.
La bola pegó un salto.
Después otro.
Y finalmente cayó nuevamente en el 0.
El casino explotó. Hubo aplausos. Abrazos. Gritos. Un turista brasileño quiso levantarlo en andas.
Cassinelli acababa de ganar 648 mil dólares en menos de diez minutos.
Bajaron autoridades. Lo revisaron entero. Documento, pasaporte, huellas digitales, grupo sanguíneo y hasta le preguntaron si tenía antecedentes penales o familiares en Las Vegas.
Pero no había trampa. Era simplemente un hombre poseído por la desgracia futura.
Le pagaron. Cassinelli salió del lugar sintiéndose invencible.
Antes de volver a San Corchito del Este pasó por su banco de confianza y depositó toda su fortuna. Esa noche durmió abrazado al resumen de cuenta arriba del colectivo. Feliz.
Lamentablemente, al otro día el país se cayó a pedazos y un famoso corralito, parafraseando una canción de Alejandro Lerner, le dijo: “Volver a empezar, que aún no termina el juego”.
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