CUENTOS
Esta es la historia de Leo. El pibe que no podía crecer. Una historia que tranquilamente podría haber sido escrita por un guionista exagerado de Hollywood. Un relato tan perfecto que genera desconfianza. Porque la vida, normalmente, no cierra tan bien.
Todo empezó con un problema. Como casi todos los grandes cuentos.
Mientras otros chicos crecían normalmente, Leo no. El cuerpo se le quedaba quieto, como si el tiempo avanzara para todos, menos para él.
Había talento. Había gambeta. Pero también incertidumbre, médicos, estudios y unas inyecciones que dolían más en el alma que en la piel.
El fútbol argentino, tan rápido para fabricar ídolos y tan lento para cuidar a los suyos, no supo qué hacer con ese pibe flaquito y callado que la rompía en inferiores, pero que necesitaba un tratamiento costoso para desarrollarse.
Y entonces apareció Barcelona. El Viejo Continente. Un nene rosarino cruzando el océano con más sueños que equipaje.
Hay que ser muy valiente para irse tan lejos siendo tan chico, aunque nadie lo diga. Porque atrás quedan los amigos, los abuelos, el club del barrio, las calles conocidas y los almuerzos de domingo en casa.
Pero Leo se fue. Y mientras el cuerpo empezaba lentamente a crecer, el talento explotó de manera obscena.
La pelota empezó a obedecerlo como si lo conociera de otra vida. Ya no era solamente bueno. Era distinto. Muy distinto.
Ganó todo. Champions, Balones de Oro, ligas, copas y ovaciones en todos los idiomas. Se cansó de gambetear rivales. De romper récords. De hacer goles que parecían editados por Inteligencia Artificial.
Pero había algo que faltaba. Saber cuánto pesaba la del mundo.
Entre tantos logros blaugranas, vinieron las finales perdidas con la Albiceleste. Las críticas absurdas, la canción de Airbaig que tanto dolió y el “malalechismo” de tipos que jamás pensaron en el entorno de Leo. Rectifico. Jamás pensaron.
Y de tanto luchar, de tanto intentarlo, llegaron las lágrimas… pero las lindas. Las de felicidad.
Primero la Copa América en Brasil. Un Maracanazo en el medio de protocolos pandémicos. Y después Qatar. El Mundial más hermoso de todos. El imposible. El soñado. El inolvidable.
Una final que todavía hoy parece un delirio colectivo. El mejor partido de la historia. La jornada eterna donde sufrimos, gritamos, lloramos, nos abrazamos, respetamos cábalas, volvimos a llorar, salimos a la calle y envejecimos cuarenta años en tres horas.
Y ahí estaba él. El pibe de Rosario que se inyectaba hormonas mientras soñaba con jugar un Mundial. El chico tímido que cruzó el océano en búsqueda de una carrera. El hombre que soportó derrotas, burlas y frustraciones sin dejar de intentarlo nunca.
Ahí estaba Leo. Levantando la Copa del Mundo. Por fin. Y si bien el “ya está” de sus gestos nos hizo pensar que no había más capítulos en esta historia, Leo todavía tiene el apetito suficiente para ir por más. Porque los adictos a competir son así. Siempre hay nuevos objetivos. Siempre se puede soñar con algo más.
Ese es Leo. El pibe que no podía crecer. Y terminó siendo el más grande todos.
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