EL MUNDIAL Y LOS VIEJOS

 

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CUENTOS


Cada cuatro años hay una breve pausa a los problemas cotidianos. Siguen las cuentas por pagar, el trabajo y las rutinas. Que se entienda: el mundo no se detiene. Pero durante un mes ocurre algo parecido a un milagro. Aparece un pequeño oasis en medio del caos.

Y es que, en pleno Mundial de fútbol, nuestros viejos vuelven a ser chicos.

No importa si tienen cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta años o más. Tampoco importa si miran fútbol todos los fines de semana o si apenas ven algunos partidos al año. Cuando juega la Selección, algo se les enciende adentro.

Se entusiasman. Discuten formaciones. Recuerdan equipos de otras épocas. Y empiezan las historias.

"Yo vi jugar a Kempes", comentará uno.

"Vos no sabés lo que era Maradona", dirá otro.

"A este equipo le falta un Passarella", posiblemente diga mi viejo.

Los hijos solamente escuchamos.

A veces son relatos repetidos. Historias que ya escuchamos hace cuatro años. Pero durante el Mundial volvemos a prestar atención. Porque entendemos que no nos están hablando solamente de fútbol. Están hablando de ellos. De cuando eran chicos. De cuando se sentaban junto a sus propios padres frente al televisor.

Y mientras nosotros los miramos a ellos, ellos también miran hacia atrás. Por un instante vuelven a encontrarse con sus viejos. Con esos padres que tal vez ya no están físicamente, pero siguen presentes.

Y recuerdan sobremesas interminables. Abrazos después de un gol. Mundiales sin pausas  de hidratación publicitarias que quedaron guardados para siempre en algún rincón de la memoria.

Por eso, los Mundiales son mucho más que fútbol, aunque algunos ignorantes de la vida no lo puedan entender.

Me animaría a decir que son una de las pocas ocasiones en las que muchos padres muestran emociones que durante el resto del año permanecen escondidas.

Hay hombres que tienen dificultades para demostrar cariño. Porque no encuentran las palabras. Porque fueron educados para aguantar, para callar, para seguir adelante.

Pero llega un Mundial de fútbol y los vemos sufrir por un penal mal cobrado, insultar al árbitro que tomó esa decisión o abrazarse después de un gol como si tuvieran diez años.

Y entonces entendemos algo: el amor no siempre se dice. A veces, simplemente, se comparte. Sin explicaciones.  Sin discursos. Sin necesidad de agregar nada.

Benditos sean los meses mundialistas que cada cuatro años logran que padres e hijos se abracen después de un gol, en un lenguaje universal que significa te quiero.





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