CUENTOS/RELATOS
En tiempos donde el fútbol es cada vez menos juego y más industria; donde las apuestas deportivas ocupan la centralidad de la escena, los calendarios aprietan, los arbitrajes generan sospechas y una entrada cuesta lo mismo que un alquiler, hay un tipo que todavía sigue creyendo en los valores.
Por algo le dicen Loco.
Durante décadas, el debate futbolero argentino giró en torno a dos escuelas: Menottismo o Bilardismo. Juego bonito o eficacia. Ideales o resultados. Pero hace ya un tiempo que la grieta se corrió hacia otro lado.
Hoy el dilema: es Bielsa sí o Bielsa no.
No hay término medio. O se lo ama con devoción o se lo descarta con desprecio.
“El éxito es deformante. Relaja, engaña, nos vuelve peores. El fracaso es formativo. Nos hace más sólidos”, dijo Bielsa alguna vez.
En una cultura deportiva donde perder es sinónimo de fracaso (o fracasado) esa frase jamás podría entrar en un compacto deportivo al mediodía. Mucho menos en un país tan exitista como el nuestro.
Pero Bielsa sostiene sus formas.
Lo hizo en Newell’s, donde se convirtió en un ídolo eterno al punto de que el estadio lleva su nombre. Las realizó en la Selección argentina, aunque muchos todavía lo señalen por aquella eliminación en Corea-Japón. Lo mismo en Chile, donde ayudó a construir una generación inolvidable. Y también en Europa, donde dejó una huella imborrable en el Bilbao y en el Leeds.
No ganó una Champions. No levantó una Copa América. Mucho menos un Mundial. Pero cada vez que Marcelo Bielsa aparece en escena, algo molesta.
Molesta porque es coherente. Molesta porque defiende sus ideas. Porque no se arrodilla frente al negocio. Porque se planta igual después de una goleada a favor o de una derrota dolorosa.
Tal vez por eso la figura de Bielsa se vuelve necesaria en medio de este fútbol moderno, cada vez más apurado, más marketinero y más vacío.
Bielsa no dirige solamente equipos de fútbol. Defiende convicciones. Y quizá ahí esté el verdadero motivo por el cual genera tanta admiración y tanto rechazo al mismo tiempo.
Bielsa mantiene esa idea romántica de que todavía se puede competir sin vender el alma, perder sin dejar de ser digno y ganar sin olvidar los valores. Cosa de locos, qué se le va a hacer.

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