MANU, EL VERDADERO MILAGRO ARGENTINO

 


CUENTOS

De Bahía Blanca al Salón de la Fama del básquet. De los gimnasios sin calefacción a ganar una medalla de oro en los Juegos Olímpicos. De quedar afuera de un seleccionado juvenil, a conquistar cuatro anillos de la NBA. Sin dudas, Lo de Manu es el verdadero milagro del deporte argentino.

Es cierto que un milagro, según la Real Academia Española, es un suceso extraordinario, no explicable por las leyes de la naturaleza y atribuido a una intervención divina o sobrenatural. Aunque con Manu, el término encaja a la perfección.

Nació en un país donde el básquet es más una pasión de nicho que una prioridad. Un deporte hermoso, pero deficitario, con instituciones que luchan por subsistir con dirigentes que hacen malabares para pagar sueldos, e hinchas y socios que planifican rifas, venden panchos y todo lo que sea necesario para que el club siga de pie.

Una madre que lleva a su hijo en bondi, un padre que paga la cuota del club antes que otra cosa y entrenadores en formativas que van a trabajar por vacación y no por el dinero (si es que hay), también son parte de un panorama que muchos no quieren ver, pero después reclaman cuando el deporte nacional no consigue medallas cada cuatro años.

En ese contexto tan precario, que haya surgido un basquetbolista que no solo compitió en la NBA, sino que además brilló, e impuso su estilo, es sencillamente extraordinario.

Manu fue el más argentino de los argentinos en la NBA, con todo lo que eso implica: la rebeldía ante las injusticias, el esfuerzo y el talento ante la superación física, el sentido colectivo por encima de las estadísticas, el amor por una camiseta, el "nosotros" antes que el "yo". 

No se "americanizó" para encajar. Llevó el básquet FIBA a la cuna del show y puso de moda el eurostep para ganarse el corazón de los Spurs y, principalmente, el de Gregg Popovich. 

Nunca vendió humo. No necesitó escándalos para ser noticia. Nunca se creyó más que el propio equipo. Y por eso fue y es admirado por compañeros, rivales, entrenadores y fanáticos de todos los países. 

En un mundo donde a veces el éxito parece estar hecho de gritos y de selfies en las redes, Manu fue contracultura. Y no hay dudas de que su legado sigue vigente. 

Está en cada pibe que hace una finta en una cancha de baldosa o de cemento. En cada padre que le muestra videos de los Spurs a sus hijos. Está en la memoria de los que lloraron de alegría en Atenas 2004 y en los que lloraron de tristeza, pero de pie, tras su retiro de la Selección en Río 2016.

Manu es un verdadero milagro argentino. Un tipo que nos enseñó que se puede ser gigante sin ser el más alto, que se puede brillar sin buscar el centro del escenario, y que se puede dejar huella sin pisar cabezas.







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