EL HOMBRE QUE SE INVENTÓ UN RING


CUENTOS-RELATOS

Ringo Bonavena no necesitó ser campeón del mundo para convertirse en el campeón de la gente. 

Ringo se reía, provocaba, hablaba, se peleaba en televisión, hacía teatro, cantaba, inventaba personajes y entendía algo que en aquella época todavía parecía extraño, al menos en Argentina: el espectáculo también podía ser parte de la pelea.

Hoy, en tiempos de redes sociales, influencers y realitys con personajes que hacen cualquier cosa por unos minutos de cámara, algunas de las ocurrencias de Ringo parecen absolutamente normales. Pero él las hacía sin internet, con canales de televisión de aire y cuando un boxeador debía limitarse, casi por obligación, a entrenar, subir al ring, pegar y tratar de esquivar golpes.

Pero Ringo era distinto. Provocaba antes de subir al ring, o mejor dicho, se inventaba su propio ring, ya sea en la televisión, en las radios, en las revistas de la época, incluso en los teatros. 

Por estos días, cualquiera de nosotros puede llevar una remera que diga Las Malvinas Son Argentinas. Si bien no deja de ser un mensaje potente, no es lo mismo haberlo hecho casi ocho años antes del conflicto bélico. Otro detalle más, de lo adelantado que fue a su época. 

Sería muy injusto solamente recordar a Ringo por lo que hacía fuera del cuadrilátero. Y es que cuando se apagaban las cámaras y sonaba la campana para el primer round, Ringo se convertía en Bonavena. Dejaba los chistes de lado y se calzaba los guantes. 

Puede que no haya sido bendecido con la técnica de los grandes estilistas, ni la elegancia de un bailarín. Pero le sobraba coraje y voluntad para seguir adelante cuando la pelea se ponía fea, como en diciembre de 1970 ante Muhammad Ali.

Es cierto que esa noche, la mejor noche de su vida, no pudo ante el mejor boxeador que ha conocido el planeta, pero Ringo se llevó algo tan importante como un cinturón de campeón: se ganó el derecho de entrar en la memoria grande del boxeo nacional. 

Todavía hoy, cuando alguien habla de los ídolos del deporte argentino, aparece su sonrisa, su voz y las locuras de ese hombre del barrio de La Quema, que entendió antes que muchos, que para convertirse en referente, había que hacer algo más que ganar peleas: dejar una historia para contar una y mil veces.






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