CUENTOS DE FÚTBOL
Qué privilegio, Miguel. Qué enorme privilegio haber podido hacer durante toda una vida aquello que tanto te gustaba. Levantarte cada mañana con un propósito. Entrar a una cancha. Preparar un partido. Pensar un equipo. Hablar con tus jugadores. Discutir con un árbitro. Ganar. Empatar. Perder. Y volver al día siguiente por más.
“Son decisiones”, decías. Y quizás una de las decisiones más importantes de tu vida fue esa: elegir el fútbol, una y otra vez. Incluso cuando el cuerpo pedía descanso. Incluso cuando las cosas se ponían difíciles. Incluso cuando la vida te puso delante desafíos que hubieran hecho que cualquiera bajara los brazos.
Vos elegiste seguir. Y qué manera de seguir.
Miguel, Miguelo, Miguelito. El hombre de la sonrisa más bella del fútbol. El tipo que podía estar viviendo una de las semanas más complicadas de su carrera y, sin embargo, encontraba un motivo para sonreír.
Una sonrisa capaz de desarmar una conferencia de prensa. De aflojar un vestuario. De quitarle dramatismo a una derrota. De poner un poco de calma cuando alrededor todos estaban buscando culpables. Y mirá que pasaste por vestuarios calientes.
Dirigiste clásicos. Finales. Equipos grandes. Clubes necesitados. Planteles llenos de figuras. Otros armados con jugadores que todavía tenían que demostrar quiénes eran. Viviste alegrías enormes y derrotas de esas que te dejan la garganta seca.
Pero nunca necesitaste convertirte en otro. En una época en la que abundan las frases hechas, los personajes y los vendehúmos, vos elegiste algo mucho más difícil: ser vos mismo.
No necesitaste levantar la voz para hacerte escuchar. No hizo falta crear enemigos para construir una identidad. No señalaste a nadie para explicar una derrota. No entraste en el juego barato de la provocación.
Te alcanzaba con trabajar. Con mirar. Con hablar cuando había que hablar. Y siempre, con esa sonrisa radiante.
Porque detrás de ella había un hombre que conocía perfectamente el valor de las pequeñas cosas. Un abrazo. Una charla. Un entrenamiento. Un mate. Una pelota. Un vestuario unido. Un jugador que volvía a creer en sí mismo.
Y entonces llegó el partido más difícil, ese que nadie quiere jugar. Ese que nadie pidió.
La enfermedad. Esa puta enfermedad que te puso enfrente un rival mucho más difícil que cualquiera de los que habías tenido en el verde césped.
Y otra vez hiciste lo mismo. No prometiste milagros. No buscaste excusas. Simplemente seguiste. Con la misma entereza con la que preparabas un clásico. Con la misma paciencia con la que esperabas que un equipo encontrara su funcionamiento. Con esa fe tuya, tranquila, sin grandes discursos, pero con actos concretos.
Seguiste porque todavía había fútbol. Porque había una cancha a la cual ir y jugadores que entrenar. Y quizás ahí está tu gran legado.
Nos enseñaste que resistir no siempre significa pelear contra el mundo. A veces resistir es levantarse, ponerse la ropa, salir de casa y hacer aquello que uno ama, hasta las últimas consecuencias.
Vos lo hiciste literalmente hasta el final. Por eso hoy, en esta humilde columna, no alcanza con hablar de títulos, de equipos, de campañas o de partidos inolvidables.
Fuiste un ejemplo de cómo se debe afrontar la vida, sobre todo en los momentos más oscuros.
Fuiste leal a tus convicciones, respetuoso del juego y del rival, y por eso te fuiste por la puerta grande, saludado por todos los clubes, por todos los hinchas y por un país que te vio sonreír aun en los momentos más duros, donde muchos hubieran tirado la toalla.
Simplemente gracias, Miguelo. Gracias por tanto fútbol, por tantas alegrías, por tantas decisiones. Y por sobre todas las cosas, gracias por tanta vida.

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